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Con esa brillante, sagaz frase, uno de los mejores cómicos de la actualidad daba la clave para entender la esencia de un género cuyo rango de complicidades o diferencias con el espectador varía más que en ningún otro.

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“Algo pasa con Mary” (Peter y Bobby Farrelly, 1998).

Dicho esto, ¿cómo es posible escoger la mejor comedia de los últimos 32 años? Pero también seguramente, “Algo pasa con Mary” sea esa referencia cuya capacidad para la hilaridad es tan grande como su importancia para el género.

Lo que consiguieron los hermanos Farrelly con ella trascendía la mera parodia del género romántico para llegar a la destrucción inmisericorde de sus códigos y lugares comunes, desde la música incidental al recato de la cita, pasando por el respetable suegro o la idílica noche de la graduación.

Pero también, reventaron tabúes con pasmoso libertinaje —ese primer plano del desgarro escrotal— y llevaron el a un nuevo nivel basado en la vejación emocional y física de un gran Ben Stiller.

El trío seguiría practicando ese humor absurdo, gozoso de estirar y exagerar el gag —la violenta cola de pasajeros dispuestos a calmar a una histérica— en filmes como “Top secret” (1984), “Agárralo como puedas” (1988) —con el protagonismo de quien sería estandarte de su comedia, Leslie Nielsen— o “Hot shots! Pero es que su influencia se puede rastrear aún hoy, empezando por las películas de la familia Wayans y, en especial, su celebrada “Scary movie” (Keenen Ivory Wayans, 2000) —curiosamente, parodia de una saga, “Scream”, que ya funcionaba como parodia del terror—, y siguiendo por la serie de parodias hiperbólicas firmadas por sus guionistas Jason Friedberg y Aaron Seltzer —“Date movie” (2006), “Epic movie” (2007), “Casi 300″ (2008), “Disaster movie” (2008) e “Híncame el diente” (2010)—.

En esas herederas directas o no, David Zucker ha sido el único del trío original que se ha involucrado tanto en la dirección como en la producción, mientras que Jerry Zucker y Jim Abrahams apenas han seguido activos tras la cámara, con aisladas producciones como “Mafia, estafa como puedas” (Abrahams, 1998) y “Ratas a la carrera” (Zucker, 2001). Si hay un rostro para la comedia del siglo XXI, el de Ben Stiller haciendo su mirada Magnum —o la tigre, o la de acero azul, tanto da— sería el más firme candidato.

Tercera de sus incursiones tras la cámara —antes ya había firmado el drama generacional “Bocados de realidad” (1994) y el vehículo para Jim Carrey “Un loco a domicilio” (1996)—, “Zoolander” era la película seminal de una vertiente deliberadamente idiota del género, desvergonzada a la hora de explotar las posibilidades del histrionismo, aquí encarnadas en un irreconocible Will Ferrell como el villano Mugatu.

Stiller también aprovechaba para reírse —con la complicidad de colegas del gremio y un sinfín de cameos— de una realidad gobernada por las apariencias, por una banalidad hiperbolizada en el mundo de las pasarelas. Oda a la inmadurez, elogio del desfase e intoxicada odisea homérica a través de las lagunas del día después, “Resacón en Las Vegas” es mucho más que jarana y humor políticamente incorrecto.

Cumbre, pues, de la comedia reciente que además contiene una escena-icono imposible de olvidar: el flequillo “engominado” de Cameron Diaz bien podría ser ese símbolo de la incorrección que anticipaba venideras derivaciones del género.

Otras películas de los directores: “Yo, yo mismo e Irene” (2000), “Amor ciego” (2001), “Pegado a ti” (2003), “Matrimonio compulsivo” (2007), “Carta blanca” (2011) y “Los tres chiflados” (2012). Una pequeña idiosincrasia local, una costumbre tan rayana en el absurdo como es El Día de la Marmota puede servir a una de las reflexiones más desasosegantes, divertidas y esperanzadoras de lo que significa nuestra relación con el mundo.

La metáfora de Bill Murray viviendo en bucle el mismo día una y otra vez es meridiana, pero lo de verdad hermoso es el mensaje que se sobrepone a esa realidad agotadora y gris que empieza siempre con el de Sonny & Cher, que termina por dar la oportunidad a su hastiado protagonista de reinventarse, enamorarse y, finalmente, sobrevivir felizmente al tiempo y la rutina.